
Cuentan que una noche un peregrino llegó al castillo cansado y agotado de las penurias a lo largo de su viaje y quedó maravillado observando esa torre, de golpe todos los males pasados en el camino fueron olvidados contemplando lo alto de aquella enorme columna de oro. Esa noche se acerco al pie de ella y la princesa desde lo más alto tiró una escalera hecha de las crines de los caballos más hermosos del reino. Aquella noche ninguno la olvidaría desde ese momento, pues aun haciéndoseles raro los dos fueron felices. Pero la princesa y el propio mendigo tuvieron dudas, dudas de empezar de nuevo sus vidas lejos de aquella torre, dejando atrás el príncipe y ese largo camino recorrido poniendo rumbo a nuevos lugares juntos. Y sus miradas se separaron y no volvieron a cruzarse.
Sin embargo dicen que desde esa noche los dos se anhelan y esperan el momento en que salir del castillo, en busca de un nuevo rumbo, pero que hasta entonces, cada noche se vuelven a ver a escondidas, siendo las estrellas que iluminan la torre testigos del amor.